Maria Djurdjevich / Marija Djurdjevic (Yugoslavia, 1969) es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Belgrado y Doctora en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Trabaja como profesora en la Universitat Ramon Llull y es presidenta de la Casa de l’Est. Organiza diversas actividades culturales, jornadas y seminarios e imparte cursos y conferencias en el ámbito de Estudios de Europa Oriental.

mdjurdjevich@casadelest.org

 

 

El Pretexto para extirparnos el corazón

 

Desde que Europa ha decidido subirse al tren de la globalización y ha comenzado el desmoronamiento de Yugoslavia, los medios de comunicación presentan a los serbios como lo peor de la raza humana. De tradicionales aliados de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, un pueblo universalmente respetado por su valentía, dinamismo y pluralismo, se nos ha convertido en enfermos y avaros intolerantes que aspiran a devorar sus hermanos y vecinos.

 

La progresiva satanización de todo lo que tenga que ver con Serbia ha servido para dar una explicación “lógica” a las desgracias vividas en los Balcanes en las últimas dos décadas. A las repúblicas exyugoslavas les ha servido para tapar su legendaria traición de valores yugoslavos que ellas mismas habían promovido, y a la Unión Europea, para enmascarar su crimen de haber empujado a la guerra un país que estaba a punto de convertirse en un miembro más de la familia europea.

 

La satanización de los serbios también sirve hoy como (el único) argumento para el descuartizamiento del cuerpo de nuestro país, sumando un nuevo castigo a tantos que se nos han impuesto en los últimos diecisiete años -el prolongado aislamiento económico, cultural y político internacional; el sumergimiento en guerras de todas aquellas partes de la exYugoslavia donde vivíamos antes de que se nos echase de nuestras casas, sin voluntad de reconocérsenos el derecho de vivir dignamente como minoría étnica, mientras perversamente se nos acusaba de intentar crear la Gran Serbia (cuando emergían la Gran Croacia y la Gran Albania); y finalmente, los bombardeos de la OTAN que han destruido definitivamente las estructuras de nuestro país-.

 

La amputación de Kosovo es un ajuste de cuentas con la sombra del difunto Milosevic, símbolo de la Monstruosidad Serbia. Hoy cuando por fin tenemos un gobierno democrático que en el reciente proceso de negociación sobre el estatus de Kosovo ha ofrecido a los albaneses una autonomía tan amplia que no tiene igual ninguna minoría étnica en el mundo, en los medios de comunicación se nos sigue presentando como el ejemplo de Totalitarismo e Intolerancia étnica y religiosa que merecen ser despreciados y castigados.

 

No importa que eso no sea verdad. Se omiten los hechos como, por ejemplo, de que Serbia es hoy uno de los pocos países multiétnicos que quedan en la región, en el que conviven diferentes grupos étnicos junto a los serbios (musulmanes, católicos, protestantes y ortodoxos), a diferencia de las étnicamente limpias Croacia, Eslovenia o completamente dividida Bosnia; o el hecho de que por los excesos desplegados en las guerras, sólo los serbios hemos pedido perdón.

 

Nadie ni siquiera se plantea la cuestión si ese petrificado discurso sobre los malos serbios corresponde a la realidad, si realmente ese pueblo es tan violento y tiene tan poco respeto por la cultura y la vida humana. ¿Qué pasaría si se descubriese que no es así? En tal caso podría intuirse que la causa de los conflictos en Europa es otra y, entonces, los ciudadanos de Alemania, Francia, Bélgica o Inglaterra podrían empezar a identificarse con la postura serbia.

 

Probablemente ésta sea la razón por la que cualquier sospecha en el discurso sobre la violencia serbia acaba siendo enérgicamente rechazada. Algunos de nosotros que hemos intentado advertir sobre la existencia de la injusta estigmatización de los serbios sólo hemos logrado caer en la trampa de aquello que aparece como la “implacable lógica”: cuanto más alzamos la voz, parece que confirmamos mejor el estereotipo sobre el “carácter inadaptable” y la “incapacidad de reconocer los propios errores” de los serbios. Pero, eso no es ninguna prueba de la “veracidad” del estereotipo existente sobre nosotros, sino tan sólo de su eficacia como instrumento de dominación.

 

En lugar de pensar, los ciudadanos europeos, cómodamente sentados en sus sillones, gozan del espectáculo mediático de un robo sin precedentes envuelto en la políticamente correcta expresión “la proclamación de Independencia” de Kosovo. Lo único que importa es que en la gran arena estén puestos a luchar entre sí y contra los leones, unos humanos apropiadamente deshumanizados. Así nuestra Europa de derechos y valores redime sus errores políticos, imponiendo un nuevo sufrimiento a los serbios: hay que extirparles el corazón.

 

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