KOSOVO, CORAZÓN DE SERBIA (II)

Maria Djurdjevich / Marija Djurdjevic (Yugoslavia, 1969) es Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Belgrado y Doctora en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Trabaja como profesora en la Universitat Ramon Llull y es presidenta de la Casa de l’Est. Organiza diversas actividades culturales, jornadas y seminarios e imparte cursos y conferencias en el ámbito de Estudios de Europa Oriental.

mdjurdjevich@casadelest.org

 

 

Somos Kosovo de cabeza y de corazón

 

 

Los serbios no identificamos nuestro ser nacional con la lengua, como los catalanes, ni con el territorio, como los croatas, ni con el alfabeto cirílico, como los búlgaros: lo identificamos con el Juramento de Kosovo. La serbidad es cuestión de espíritu, es ante todo una postura expresada en cualquier lengua, alfabeto o territorio.

 

El juramento se traduce en un decidido “No al coqueteo con lo indigno”, cueste lo que cueste. En el esfuerzo de aguantar y resistir, manteniendo la integridad y de no permitir bajo ninguna condición que la verdad sea traicionada. En la obligación de ser valiente y dar la cara, reconocer los propios errores y “mantener el corazón limpio”, como dice una expresión popular.

 

Los ideales vinculados al codex ético-estético que constituye la identidad cultural serbia se encuentran plasmados en su poesía popular. El llamado «ciclo de Kosovo», o la epopeya de Kosovo, ocupa el lugar más destacado en la poesía vernácula serbia, traducida al alemán por Goethe, al ruso por Alexander Pushkin y al inglés por Walter Scott. En los tiempos cuando aún había ideales en Europa, fue muy altamente valorada por los románticos Goethe, Herder o los hermanos Grimm.

 

Kosovo no es tan sólo cualquier provincia serbia, sino el corazón de su corazón. Y la batalla de Kosovo no es un simple combate medieval contra el invasor otomano, sino el eje alrededor del cual se vertebra la visión del mundo y el Weltanschauung entero de los serbios, nación que tuvo que luchar duramente, durante siglos, para sobrevivir la opresión turca.

 

Kosovo no es una mera cuestión de 1389: Kosovo es el pasado, la actualidad y el futuro del ser serbio. Es su esencia. Los valores supremos de la humanitas heroica (čojstvo y junaštvo), transmitidos de generación en generación, están grabados en el inconsciente y sedimentados en el lenguaje (anécdotas, proverbios, cantares, expresiones), en su folklore, historia y toponomástica, y marcan profundamente su mentalidad. Sea un serbio patriota o no, sea religioso o laico, y con independencia de la modalidad de su carácter individual, esos valores determinan, de una u otra manera, su forma de relacionarse con los demás y su estilo de percibir el mundo.

 

Los motivos que emanan de la poesía popular serbia que mezcla elementos épicos y líricos son tan nobles como trágicos: el marido que perdona el adulterio de su mujer con un pachá turco y la defiende ante la ira de sus padres y hermanos a cuyos ojos ya no es digna de ser esposa de un héroe serbio; la generosidad del Zar y del campesino; el elogio de la labor de los artesanos que reciben una recompensa digna; el empeño y sacrificio por cumplir la palabra dada; la desgracia de no tener un familiar por cuyo nombre poder jurar -un pariente tan ejemplar que sirva en cualquier situación como el garante de la verdad-; la defensa de la gente de buena fe de cualquier creencia religiosa; el honor de reconocer el valor de las actitudes dignas del otro y el desprecio por las posturas indignas de los propios; la alabanza de la valentía del enemigo.

 

La lealtad, la nobleza y la caballería y, finalmente, la suma de las virtudes eslavas en la capacidad de sacrificio por lo que se ama, están resumidas en la leyenda de Kosovo, el hecho más trascendente en el subconsciente colectivo de los serbios.

 

Tras la caída de Bizancio en manos de los turcos otomanos, éstos llegan a las puertas de la vecina Serbia. Ante el Zar Lazar se presentan dos posibles caminos: entregarse al mucho más poderoso Sultán y salvaguardar su vida y la vida de sus nobles, o presentarse en la batalla en Kosovo polje (el Campo de los Mirlos) contra el ejército otomano y morir. Ese momento histórico se dibuja en la imagen poética de un pájaro –Dios- que le pregunta qué Reino escogerá: el Reino Terrenal (es decir, conservar la vida, pero seguir viviendo como esclavo) o el Reino del Cielo (salvaguardar la dignidad y perdurar como Gloria en la memoria eterna de su pueblo).

 

La elección que el Zar Lazar toma en aquel momento –como acto de libre voluntad y responsabilidad ante su pueblo– será realmente el garante de la supervivencia de la nación serbia durante cinco siglos bajo el yugo otomano y la fuerza moral en la lucha por la recuperación de su estado en la época moderna.

 

La leyenda abunda en elementos evangélicos (la Última Cena del Zar con sus nobles, el martirio, la traición, la salvación del alma, la sublimación de la derrota transformada en victoria espiritual), enraizados en el sentimiento popular. El Zar Lazar y sus principales nobles -Serbia se quedará sin padres de familia- se presentan en la batalla de Kosovo y perecen todos, menos el yerno del Zar, el traidor, que se entregará a los turcos, conservará su vida y será despreciado eternamente por su pueblo. La historia hecha mito, el mito hecho código ético, el código ético hecho actitud, orientación, carácter nacional. La hazaña del Zar Lazar queda recogida en los cantares de gesta:

 

Él dejó un legado al pueblo serbio

para que se cuente y se narre,

mientras exista el ser humano y mientras exista Kosovo.”

 

La heroica lucha hasta la muerte sublimada en el perfeccionamiento ético no desaparece del imaginario serbio con la llegada de la Modernidad. El espíritu quijotesco no se concibe como locura en una cultura cuyo motor principal jamás ha llegado a ser la Ilustración y su obsesión por el Progreso, sino que era y sigue siendo “la luz de Microcosmos”.

El mismo pathos heroico está presente en la historia serbia contemporánea, fuera de cualquier contexto eclesiástico o medieval. El espíritu de resistencia e ímpetu por salvaguardar la dignidad humana impregnó también la lucha serbia anti-nazi, resumida en la Segunda Guerra Mundial en el lema “Bolje rat nego pakt! Bolje grob nego rob!” (¡Mejor la guerra que el pacto! ¡Mejor la tumba que ser esclavo!) que, por cierto, fue solitaria: los vecinos eslovenos, croatas, húngaros, albaneses y otros, aliados con Hitler, se dedicaron a exterminar a los serbios, junto con los judíos y los gitanos.

 

Más tarde, estos pueblos cambiarían de color con la aparición de una nueva fuerza, el comunismo. Los que entraron a formar parte de Yugoslavia junto a los serbios, más tarde aprovecharon su espíritu libertario para promover el Movimiento de los No-Alineados, la llamada Tercera Vía en medio de la Guerra Fría, dirigida contra cualquier tipo de imperialismo. Sobra decir que paralelamente a la descomposición de Yugoslavia, estos pueblos «hermanos» competían por entrar en la OTAN primeros y sus territorios hoy albergan las bases militares y cárceles secretas estadounidenses, instaladas allí a cambio de “independencia”.

 

Se mantiene, solitaria, Serbia.

 

La libertad no es gratuita, la libertad se paga caro. Por ella se lucha y se sufre. La libertad no es una opción que se elige desde la cómoda distancia, como cuando se elige entre una tarta de chocolate y una tarta de limón, sino que es una elección en la que toda nuestra vida está en juego y se presenta como imperativo categórico.

 

A los serbios hoy se les arrebata Kosovo, su cuna, su gloria, creando ilegalmente el segundo estado albanés (ese, además, terrorista) en su territorio. Cada kilómetro de esa tierra alberga un monasterio de estilo bizantino de los siglos XII-XVI, antiguos centros de cultura fundados por los zares y príncipes serbios, valiosas obras de arte de estilo protocristiano, auténtico patrimonio cultural europeo. ´

 

Centenares de ellos han sido quemados durante esta última década por las tropas paramilitares albanesas en su guerra de ocupación (llamada «liberación») de Kosovo, financiada por Washington y aprobada por Bruselas. Que ese patrimonio no signifique nada para los albaneses o norteamericanos, tiene cierta lógica, pero ¿cómo es posible que lo permitan los gobiernos europeos?

 

Sea como fuere, no olvidemos que hay un fundamento emancipatorio en el espíritu espartano serbio evidente a pesar del poder manipulatorio de los mass-media. Kosovo significa para Serbia mucho más de lo que cualquiera puede imaginarse: ¿cómo se nos puede arrebatar lo que somos?

Anuncios