Ricardo Angoso, sociólogo, periodista, observador electoral de la OSCE y gran gran experto en los balcanes, nos facilita el segundo capítulo de su libro “Las Semillas del Odio” para todos los lectores de Kosovo No Se Vende.

Europa ante la independencia de Kosovo

Se trata -refiriéndose a la independencia de Kosovo de una declaración de independencia ilegal porque no tiene la base suficiente de legalidad internacional que España siempre defiende.

Miguel Angel Moratinos


Resulta increíble que en apenas unos años, los que van desde la instalación del régimen de protectorado para la región, allá por el año 1999, hasta ahora, las potencias europeas hayan cambiado toda su doctrina internacional con respecto al cambio de fronteras. En tan sólo unos meses, lo que antaño parecía un dogma sagrado se ha vulnerado de una forma casi inexplicable en Kosovo.

El asunto, sin embargo, abandonó los razonamientos jurídicos del Derecho Internacional para embarcarse en los inciertos términos de determinadas lógicas políticas nunca suficientemente explicadas, tal como explicaba el reconocido jurista Antonio Remiro: “Está claro que el objetivo de construir una autonomía en un Kosovo multi étnico dentro de Yugoslavia ha sido reemplazado por la creación, bajo los auspicios de Estados Unidos y de miembros conspicuos de la Unión Europea, de un Kosovo independiente habitado sólo por albaneses, tutelado y financiado por la Unión Europea, porque la cuenta al final la paga Europa.

Y continuaba el jurista: “La declaración de independencia tiene un marcado carácter ilegal, y el reconocimiento de los países europeos es incongruente porque en países de la UE con situaciones idénticas no se ha acelerado ningún proceso. Cuando los grandes defensores del estado de derecho exijan que se respeten las normas no van a tener argumentos. Es un mal precedente. En lugar de ir camino al siglo XXI van al siglo XIX. Pero, francamente, es una decisión unilateral en cierto sentido, en otro no porque todo se ha negociado con Estados Unidos”.

No obstante, antes de que lleguemos a la conclusión del proceso iniciado en 1999, hay que repasar algunos elementos que explican el desenlace final de la crisis. Si bien el Reino Unido, junto con otros Estados absolutamente pronorteamericanos, estaba claro que no iban a sacrificar su alianza política y militar estratégica con los Estados Unidos en aras de que se respetase la integridad territorial y la soberanía de Serbia, estaba menos claro y también lejos de ser lo suficientemente explicada la posición de Francia.

Francia comienza a cambiar de opinión en el último año, justamente cuando el presidente Nicolas Sarkozy llegaba a la presidencia de la República del país y comenzaba el constatado giro pronorteamericano en la política exterior francesa. Se anuncia que Francia se implicará más en la OTAN, en los trabajo de la Alianza Atlántica y, paralelamente, las cuestiones hasta ahora habían separado a los intereses franceses de Estados Unidos pasan a un segundo plano.

Se puede decir que, en general, ningún Estado europeo ha querido sacrificar sus relaciones con Estados Unidos y su supeditación, en muchos casos, a los intereses geoestratégicos norteamericanos en aras de preservar el derecho internacional en esta zona del mundo y así garantizar la integridad territorial y la soberanía nacional de Serbia. La cuestión de Kosovo no se consideraba prioritaria en los asuntos externos de la mayor parte de los Estados europeos.

Sin embargo, pese a esta desidia y escaso interés por llevar la contraria a Washington, los países de la región balcánica y Rusia veían con preocupación este proceso de declaración unilateral de los líderes albanokosovares. No debemos olvidar que la mayoría de los Estados de esta zona del mundo no son monoétnicos y la cuestión de la minorías nacionales siempre es un factor que gravita en las complejas relaciones vecinales.

Bulgaria, por ejemplo, veía con preocupación este proceso pues tenía muy presente en su acervo cultural, histórico y político las recientes guerras yugoslavas y los conflictos de Kosovo y Macedonia. Aparte de estas consideraciones, el Estado búlgaro es muy endeble y el censo poblacional de Bulgaria es muy complejo: casi el diez por ciento de la población pertenece a la minoría turca, que por cierto tiene su propia fuerza política en el parlamento que condiciona elección tras elección la vida de este pequeño país, y algo más del diez por ciento de la población -no hay estadísticas fiables- pertenece a la comunidad gitana. La compleja composición de su propio país, el recuerdo histórico doloroso de lo que han significado hasta ahora los cambios de fronteras en los Balcanes, la cercanía con un Kosovo indómito y convertido en el centro de todo tipo de tráficos y negocios clandestinos e ilegales y la posibilidad de que el “efecto Kosovo” pudiera tener ser contagioso y abrir la Caja de Pandora a los cambios territoriales, entre otros factores, llevaron a la diplomacia búlgara a examinar con sumo cuidado la declaración de independencia y a oponerse a la misma inicialmente.

Algo parecido se puede decir de Rumania, donde la minoría húngara del país -que ha menguado mucho desde la caída del régimen comunista, principalmente por la emigración hacia la vecina y cercana Hungría- vive en una región homogénea, Transilvania, y donde algunos de sus líderes más representativos demandaban abiertamente una mayor autonomía para este antiguo principado, algo que en Bucarest causaba pavor y que era rechazado abiertamente por la mayor parte de los dirigentes rumanos.

Aparte de estas consideración de carácter nacional, Rumania siempre fue un país tradicionalmente amigo de Serbia, ya que nunca tuvieron contenciosos importantes, y ambos países -no lo olvidemos- son de religión ortodoxa, lo que ha contribuido a fraguar a lo largo de los siglos una suerte de comunidad religiosa que se sentía humillada y mancillada por la ocupación otomana en el pasado y, más recientemente, por un deseo de autonomía con respecto a la dominante Unión Soviética. También pesaba en esta mentalidad reacia a la independencia de Kosovo el amargo recuerdo por el embargo económico padecido durante la guerra yugoslava y por el difícil periodo que atravesó toda la región durante el convulso proceso de disolución de Yugoslavia.

Otro país se que ha opuesto fervientemente y sinceramente al reconocimiento de la independencia de Kosovo es Grecia, país tradicionalmente amigo y aliado en la escena internacional de Serbia. Como en el caso de Rumania, hay que señalar que Grecia pertenece también a esa comunidad religiosa salida de la ocupación otomana de la región y que estableció su identidad nacional a través de los valores religiosos y el sentimiento anti otomano, como elemento legitiminador y movilizador de una sociedad que buscaba sus señas identitarias en un momento de dominación y subordinación a los grandes poderes que siempre dominaron los Balcanes.

Luego estaba el asunto de Macedonia, nación que Grecia se niega a reconocer con semejante nombre, pues piensa que podría abrir las apetencias secesionistas de una región del mismo nombre situada en el Norte del Estado heleno; Atenas sigue considerando a este país como FYROM (Former Yugoslav Republic of Macedonia) e incluso ha vetado su presencia en numerosas organizaciones internacionales por este asunto, lo que revela la preocupación de los dirigentes helenos por la cuestión macedonia.

Tampoco olvidemos que para la mayor parte de los Estados balcánicos, exceptuando a Albania, por supuesto, existe el temor de que la independencia de Kosovo alimente el fuego nacionalista albanés en otras latitudes, como Macedonia, Montenegro y la misma Serbia. No es un temor gratuito, ni alimentado por falsos fantasmas balcánicos, sino fruto de una experiencia histórica trágica y sembrada por la violencia durante décadas.

Por ejemplo, en Macedonia ya se padeció un cruento conflicto, que tuvo su culmen en el año 2001, cuando las fuerzas de seguridad macedonias se enfrentaron con el autodenominado Ejército de Liberación Nacional (ELN), una organización terrorista albanesa fundada por ex miembros del UCK y que contaba con la simpatía de una población albanesa que se sentía desatendida por el nuevo Estado macedonio. El conflicto no fue a mayores porque las Naciones Unidas, la UE y los Estados Unidos no apoyaron las ansias secesionistas del nuevo nacionalismo albanés y por los riesgos que hubieran significado para toda la región una precipitada disolución de Macedonia, que hubiera alimentado los apetitos nacionalistas de todos sus vecinos y hubiera tenido unas consecuencias difícilmente cuantificables. Sin embargo, el riesgo, junto con esos grupos que tan sólo se mantienen inactivos, sigue ahí y pende como una espada de Damocles sobre la turbulenta (y siempre compleja) sociedad macedonia.

Tengamos en cuenta que entre el 25 y el 30% de la población de Macedonia es de origen albanés y vive en áreas homogéneas muy cerca de la frontera con Albania y el mismo Kosovo. Se trata de una zona convulsa, cuando menos sensible, y donde los sucesos que acontecen en Kosovo son seguidos por la población albanesa con alegría y como la consumación de su proyecto nacional.

En Montenegro pasa tres cuartos de lo mismo: existe una importante comunidad albanesa, que oscila entre el 6 y el 12%, y una agudización de los conflictos regionales en clave nacionalista tendría seguras consecuencias internas para una de las sociedades más pluriétnicas de la región balcánica. Pese a todo, el ejecutivo montenegrino, dada su vecindad con Albania y Kosovo, no ha sido de los Estados balcánicos que ha liderado la oposición al reconocimiento a la independencia de la región, sino que ha permanecido en un cauteloso segundo plano -más del 30% del censo montenegrino se declara “serbio”- y que ha evitado una segura enemistad con Pristina o Belgrado en caso de haberse manifestado abiertamente acerca del proceso.

Dentro de la UE, hay otros tres países que han destacado en su oposición a la independencia de Kosovo y su posterior reconocimiento: Chipre, Eslovaquia y España. En el caso de Chipre está clara la explicación a su rotunda y contundente oposición. Chipre sufre desde hace 34 años la ocupación de un 37% de su base territorial a merced de una invasión de la isla organizada por Ankara y relativamente legitimada por los Estados Unidos, cuyos objetivos en esta región siempre pasaron por dividir a sus supuestos aliados -divide et impera- y porque durante la Guerra Fría para Washington era un aliado más fiable Turquía que Grecia.

Tras una descarada intervención del Gobierno golpista y derechista griego de entonces en Chipre, que llegó a auspiciar una suerte de “junta militar”, Turquía encontró el casus belli para ocupar la isla y atacar por sorpresa a las maltrechas fuerzas chipriotas. La consecuencias fueron que cayó el Gobierno de Atenas, que el mítico Arzobispo Makarios regresó a la isla tras el golpe de Estado en lor de multitudes y que los militares turcos se instalaron para siempre, amparándose en la inconsistente excusa de que había acudido a la isla en auxilio de la población turchipriota y para evitar la “limipieza étnica” de Chipre.

La farsa, bien conocida por el Departamento de Estado norteamericano, que siempre despreció a Makarios, al que consideraban, en palabras de Kissinger, el “cura rojo”, tuvo fatales consecuencias para la isla. Cuando han pasado 34 años de la brutal intervención militar turca, la isla sigue dividida en dos entidades políticas -la República de Chipre reconocida internacionalmente y la parte ocupada por los militares turcas-, miles de refugiados y desplazados por el ejército de Ankara siguen esperando el regreso a sus casas de entonces, entre ellos los de la ciudad fantasma de Famagusta, y Turquía sigue apostando por crear una entidad étnicamente pura, la “República Turca del Chipre Norte”, un “Estado” no reconocido internacionalmente por nadie.

En estas circunstancias, tanto en Atenas como en Nicosia existe el temor evidente de que el precedente de Kosovo pudiera tener su influencia en Chipre y que la parte ocupada optara por una salida parecida a la de región serbia, por mucho que algunos en la UE se empeñen en afirmar una y otra vez que este precedente es único y no es equiparable al de otras situaciones políticas.

Por ejemplo, nada más declararse la independencia unilateral de Kosovo y la posterior cascada de reconocimientos anunciada previamente, que había estado alentada por el Departamento de Estado norteamericano y su activa diplomacia, Rusia anunció que no había ningún escollo en el futuro para reconocer a algunas realidades políticas segregadas de las antiguas repúblicas ex soviéticas. Moscú, claro está, se estaba refiriendo a los territorios de Abjasia y Osetia y el Transniéster, en las repúblicas de Georgia las dos primeras y la segunda en Moldavia, segregadas desde hace años de sus respectivas entidades nacionales con el apoyo de fuerzas militares rusas. Una vez reconocido el Kosovo, se señala desde determinados ámbitos políticos rusos, ¿por qué motivo no se va a apostar por la misma estrategia que la UE con respecto a estas entidades?

En cualquier caso, la respuesta europea, si exceptuamos estos casos anteriormente señalados y el español, que será analizado en el próximo capítulo, ha sido tenue, débil, ambigua y complaciente ante los intereses de la diplomacia norteamericana en los Balcanes. Casi todos los Estados europeos han preferido preservar su tradicional alianza con los Estados Unidos, aún subordinando sus propios intereses e ideas propias con respecto a Kosovo, a defender una causa que consideraban perdida para siempre. Kosovo no estaba en las agendas de nuestras diplomacias europeas, era un asunto considerado “perdido” por nuestros gobernantes.

La diplomacia serbia había perdido la batalla de Kosovo mucho antes de que pudiera darla en la escena internacional, pues el “guión” ya había sido previamente escrito y muy poco podían hacer los líderes de Serbia por oponerse a los planes previamente fijados por los estrategas norteamericanos. No había nadie en la sociedad internacional, ni siquiera Rusia y menos la lejana China, que fueron a ejercer una oposición firme y rotunda a los deseos de Washington por precipitar la independencia de Kosovo. La situación era muy parecida a las semanas previas a los bombardeos de la OTAN contra la extinta Yugoslavia, a la que ya sólo pertenecía nominalmente y moralmente Serbia, cuando Rusia y China no fueron más allá de las bravatas retóricas contra la intervención y no tomaron acciones, ni siquiera políticas o diplomáticas, para detener la maquinaría militar atlantista puesta en marcha contra Belgrado.

Ahora, el escenario ha sido el mismo: nadie se movilizó para defender los intereses de Serbia más allá de la retórica y las declaraciones bienintencionadas, nadie quería enfrentarse a unos Estados Unidos absolutamente imbatibles en un mundo unipolar e injusto. Pero que nadie se olvide que en más de una ocasión, tal como ha ocurrido con las intervenciones de Aganistán e Irak, los Estados Unidos han errado el tiro y con sus decisiones han abierto la Caja de Pandora a unos conflictos de irresoluble resolución. En el nuevo orden internacional, las cosas no siempre son como parecen y el aparente final de una crisis, tal como han revelado las fallidas intervenciones de Irak y Afganistán, puede ser tan sólo el comienzo de una nueva.

“Las Semillas del Odio”

Ricardo Angoso.

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